Hoy no madrugué, no fui productiva, no taché tareas ni sentí motivación. Y por primera vez en mucho tiempo, decidí no pelearme con ese estado. Porque estar de bajón no es sinónimo de fracaso, pereza ni debilidad. Es una señal de nuestro cuerpo y nuestra mente diciendo: “baja el ritmo, escúchate”. Nos han hecho creer que sólo avanzamos si estamos a pleno rendimiento, cuando en realidad también se crece en la pausa, en la introspección, en ese momento incómodo donde no hay resultados, pero sí verdad.
Emprender no es sólo estrategia, acción y resultados. Es también sostener los días grises, aprender a convivir con la duda, la fatiga emocional y la sensación de estar perdiéndonos algo mientras cuidamos de nuestro propio equilibrio. Darnos permiso para parar no nos hace menos comprometidas. Nos hace más conscientes, más humanas. Y en un entorno que aplaude el hacer constante, el autocuidado se vuelve un acto de valentía. Porque emprender desde la autoexigencia sin descanso no es éxito: es agotamiento disfrazado de productividad.
Así que si hoy estás como yo, sin ganas de rendir cuentas, sin fuerzas para rendir al 100%, está bien. No lo ocultes, no lo empujes. Aceptarlo no solo te libera: también te repara. Mañana tal vez tengas otra energía. Pero hoy, permite que tu bajón también tenga espacio. Y si te sientes sola en este punto, aquí estoy: yo también me lo permití.

Comentarios
Publicar un comentario